Encuentro Macabro en el Hotel de los Romances

De nuevo había llegado antes que los forenses. La escena del crimen estaba aún intacta. Sobre la cama, envuelta en cobertores, se adivinaba la silueta de un cuerpo parcialmente empapado en sangre.

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Su rostro, tapado accidental o premeditadamente por una almohada que le obsequiaba el beneficio del anonimato, no permitía adivinar su sexo ni su edad y sólo podía adivinarse una complexión delgada por el volumen del macabro envoltorio.

Para Abel Fernández, agente de policía ministerial, resultaba irónico unir un episodio relacionado con la muerte y otro relacionado con la vida y el amor, pues resulta que en la terraza de ese mismo hotel Del Río había conocido a la que sería su pareja sentimental de toda la vida.

Ese mismo día, le había ofrecido su asiento ante el lleno total del lugar, y ella, en lugar de aceptarlo, le pidió que bailara con él esa pieza romántica que tocaba la orquesta en ese momento, y que habría de convertirse desde entonces en su himno de amor.

Mientras investigaba, el lado de la cama encontró el arma homicida, un revólver parecido al que acostumbraba portar él mismo, y con el que al parecer, por las múltiples diversas huellas hemáticas visibles, habían vaciado en el cuerpo de la víctima. No había síntomas de lucha, de forcejeo, de defensa, todo estaba en aparente orden. Tan sólo una huella de zapato de hombre manchaba el cortinaje.

Mientras esperaba a la policía y los forenses, con cuidado y sin remover elemento alguno, continuaba sus indagatorias en el lugar, pero algo lo perturbaba, seguía aún molesto por la carta que había interceptado de su joven esposa, y que decía: “Nos vemos este viernes, por la noche, en ese lugar tan especial en donde nos conocimos, ahí te espero y luego te daré una gran sorpresa”. No era posible, ella, que tanto lo amó, con quien vivió años de verdadera felicidad, al parecer lo engañaba con alguien que seguramente acababa de conocer. Estaba loco de celos, indignado.

Pensaba esto cuando en la escena criminal observó que una parte de la alfombra junto a la puerta del baño estaba empapada de agua. Pero no, no podía entrar al baño porque el sargento Ortega seguramente se enojaría y lo reprendería: “De nuevo haciéndola de investigador, ¿verdad, Fernández? Ya sabe que su función es resguardar la escena, y si no se requiere, entonces a echar pulgas a otra parte”.

Maldito el momento en que se le presenta una oportunidad de oro para ejercitar su oficio oculto de detective, cuando atravesaba por momentos tan difíciles con su mujer. Ese viernes decidió seguirla sigiloso para descubrirlos a ambos en plena fechoría. Roxana se enfiló a su cita, llegando, para su incredulidad, a ese mismo hotel Del Río, en donde Abel la conoció. Era inaudito, qué dolor, qué deslealtad. Aprovechó para verificar si había reservación a su nombre, y comprobó que sí, en la habitación 303. Hervía su sangre de coraje, de un intenso dolor, no pensaba claro sino en sólo lavar esta afrenta. Subió a esperarlos a ambos, escondiéndose tras pesado cortinaje.

Por la escalera es escucharon por fin los pasos cadenciosos de varias personas. Era el sargento Ortega con los chicos del forense, quienes entraron y aunque Abel estaba frente a ellos, simplemente lo ignoraron, pero ya estaba acostumbrado a sus altanerías.

Evocó como esa noche, cuando escuchó dirigirse a un hombre: “bueno, está todo listo para este encuentro tan especial”. Era sin duda su voz, la de ella, la de Roxana la infiel, la traicionera. Qué infamia, qué descaro. Su rostro se encendió de ira. Instintivamente llevó su mano a donde guardaba la pistola. No podía más, de un salto disparó contra la silueta dibujada en la cama, pero el sonido fue disfrazado por la música de orquesta que se escuchaba desde abajo y por los juegos pirotécnicos para festejar a San Valentín.

Aquí hay una huella de zapato en la cortina, dijo el sargento Ortega, mientras su ayudante tomaba fotos de la escena y el arma homicida. “Ya había visto yo esa huella, jefe, dijo Abel, al parecer es de un hombre de complexión media y me atrevo a decir que… pero Ortega no lo dejó continuar, ignorándolo groseramente le indicó a otro de los guardias que tomara la evidencia.

Al mismo tiempo, otro agente entraba al cuarto de baño inundado y en voz alta dijo que ahí se veía el cuerpo de un hombre, “al parecer se suicidó en la bañera, está aún vestido con ropa de calle, y todo indica que se cortó las venas, pero aún está sumergido en la tina de baño, es de aquí de donde sale tanta agua”. En eso el agente con la pistola homicida en la mano le dijo a su jefe: “Señor, esta es la pistola de Fernández, la que siempre carga, y estoy casi seguro de que la muerta es su esposa”.

Incrédulo, Abel trató de articular palabra, pero no pudo. Un sudor frío recorrió su cuerpo y entonces comprendió todo. El cuerpo en el baño era el suyo y sólo deambulaba en el mundo de los vivos, sin entender lo que pasaba, pero entonces comprendió todo: de despedía de ella, de su Roxana, que el recado escrito era para él, pero ahora debía partir a donde ya pertenecía, al mundo de los muertos.

Modificado por última vez en Lunes, 05 Octubre 2015 14:16