LEYENDA DEL TEUL DEL SOL, Pedro de Alvarado en la llamada Noche Triste

Debió sortear una lluvia de piedras y flechas para salvar la vida. Pero no se rendía. En el momento más álgido de la batalla, Pedro de Alvarado atravesó con un gran salto de pértiga la muralla de canoas y guerreros aztecas que le cerraban el paso, escapando así de la gran ciudad de Tenochtitlan y de la matanza.

  • 18 Julio
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  • Guillermo Saad Uribe
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Fue en las primeras horas del 1 de julio de 1520 cuando pasó todo. En medio de la noche y de un torrencial aguacero, los soldados españoles decidieron abandonar el palacio de Axayácatl, donde habían sido alojados, y eran sitiados desde hacía cinco días por enardecidos pobladores de la ciudad que se rebelaron frente a los indeseables visitantes.

Faltos de víveres, agua y armamento, las tropas comandadas por Hernán Cortés debían abandonar el punto. Para que no se oyeran las pisadas de los caballos al salir, los españoles amarraron trapos en sus patas, pero una noche de pesadilla y muerte les deparaba el destino a Alvarado y sus compañeros.

El Tonatiúh español

Nacido en Badajoz, Extremadura (España), en 1485, Pedro de Alvarado y Contreras participó en la conquista de Cuba, al lado de Diego Velázquez. Luego partiría en 1518 con Juan de Grijalva a la península de Yucatán, siendo el primer punto de la actual república mexicana explorado por los españoles.

En la comitiva que dirigió Grijalva un año después, fueron explorados Cozumel, Champotón, la desembocadura del río que hoy lleva su nombre, y posteriormente los poblados de Villahermosa y Potonchán, en Tabasco, así como San Juan de Ulúa y la actual Veracruz, en el estado del mismo nombre, hasta llegar al río Pánuco, en Tamaulipas, para finalmente regresar a Cuba.

En Veracruz tocó el turno a Pedro de Alvarado de recorrer el río Papaloapan, llegando a la actual población de Alvarado, muy célebre porque se sabe que su gente es muy mal hablada, de ahí el popular refrán de “Parece que eres de Alvarado”.

En 1519, el extremeño regresaría a tierras mexicanas, esta vez bajo el mando de su coterráneo Hernán Cortés, al lado de quien participó hasta lograr la conquista de México.

En su travesía a la capital azteca participó en las batallas de Centla y Ulúa, en la matanza de Cholula, y las batallas contra los tlaxcaltecas, llegando a Tenochtitlan el 6 de noviembre del mismo año, siendo recibidos en la calzada de Tlalpan por el propio Huey Tlatoani (emperador) Moctezuma Xocoyotzin.

Por sus cabellos rojizos, y considerado como una divinidad (teul) por muchos indígenas (teul), fue reconocido como Tonatiúh (Dios Sol), pero más que por su fisonomía, este conquistador debería más su fama a su astucia, codicia y crueldad con las que actuaba.

Rebelión, muerte y escapatoria

Luego de permanecer varios meses alojados en las Casas de Moctezuma, en el antiguo Palacio de Axayácatl, los españoles se enteraron que a las costas de Veracruz había arribado un ejército comandado por Pánfilo de Narváez, un enviado por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, para castigar a Cortés y su gente por haber salido sin su permiso de la isla rumbo a México.

Cortés salió entonces de la capital azteca para hacer frente a la amenaza, logrando convencer a Narváez de que se le uniera a la causa para recibir así gloria y fortuna, de modo que cuando regresaron a Tenochtitlan encontraron a una metrópoli envuelta en el caos y la rebelión, con los españoles sitiados por enardecidos indígenas que deseaban vengar la Matanza del Templo Mayor.

El episodio se suscitó en ausencia de Cortés, cuando sacerdotes pidieron el permiso para la realización de una ceremonia ritual en su centro ceremonial principal. Alvarado, que había sido dejado al mando de los europeos, dio su venia, pero al ver las joyas con las que iban ataviados los nobles y sacerdotes tenochcas, ordenó su asalto y muerte a sangre fría.

Cortés y los suyos trataron de aplacar a la multitud en rebelión, haciendo salir a Moctezuma, al que mantenían prisionero, para que hablara con su pueblo, pero la respuesta fue una pedrada que lo dejó malherido. Se cuenta que, ya sin utilidad para los españoles, estos lo asesinaron sin piedad.

Cinco días con sus noches los españoles y sus aliados indígenas resistieron el asedio, hasta que el hambre, la sed, las enfermedades y la falta de armamento los orilló a planeas su escape. Para no hacer ruido, cubrieron los cascos de los caballos con trapos y construyeron dos puentes móviles para facilitar su escapatoria por la calzada de Tlacopan. Todo se hizo con el mayos silencio, pero al final se dio la alarma.

El famoso Salto de Alvarado

En la penumbra, una mujer que casualmente salió de su hogar, divisó accidentalmente a los españoles que escapaban y dio el grito de alerta. En poco tiempo todos se levantaron en armas y arremetieron contra el enemigo.

A la vanguardia marcharon Gonzalo de Sandoval y Diego de Ordaz, en medio venía Cortés con el tesoro real incautado a los aztecas, y en la retaguardia sería colocado Pedro de Alvarado junto con Juan Velázquez de León, para sumar unos mil 500 españoles y 10 mil aliados tlaxcaltecas.

Así lo contó Díaz del Castillo, soldado de Cortés y cronista que consignó el hecho en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:

“Y estando en esto, suenan las voces y cornetas y gritas y silbos de los mexicanos, y decían en su lengua a los del Tatelulco: “¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teules, y atajaldos, que no quede ninguno con vida!”. “Y cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer, y muchos de nuestros soldados ya habían pasado”.

Fue en los cruces de la tercera cortadura de Tlacopan (actual Paseo de la Reforma y la calle Hidalgo), cerca de donde sería construido posteriormente el templo y convento de San Hipólito, donde tuvo lugar el suceso que se convertiría en leyenda.

Alvarado venía chorreando sangre, su compañero Velázquez y su yegua alazana habían caído muertos, y varios guerreros indígenas le cerraban el paso. De pronto, para abrirse camino entre los feroces combatientes, clavó su lanza o pértiga en un punto para cruzar el canal.

Algunos dicen que lo apoyó sobre una canoa, otros que sobre una saliente, y hay quienes señalan, incluso, que cruzó el canal pisando los cadáveres que flotaban en las aguas.

Lo cierto es que el mito trascendió a la historia real. Se cuenta que, una vez en tierra firme, Alvarado montó en las ancas del caballo de Cristóbal Martín de Gamboa, quien lo llevó hasta donde lo esperaba Cortés con el resto de su mermado ejército, cerca de un ahuhuete (sabino) situado en el poblado de Popotla, el llamado Árbol de la Noche Triste.

Y es que a esa gran batalla se le conoció desde entonces por los españoles como la Noche Triste, y a la gran hazaña de Alvarado, registrada en esa misma ocasión, fue inmortalizada imponiéndole el nombre de Salto de Alvarado a una calle de la Ciudad de México, el cual perdura hasta la actualidad.

Esa noche murieron gran parte de los españoles, que prefirieron defender sus tesoros antes que su vida. “…Y murieron ricos”, contaba una crónica de la época. Con ellos también perecieron sus aliados indígenas y debieron partir de inmediato hacia el norte, huyendo de sus perseguidores.

Final de una leyenda

Los españoles regresarían tiempo después con un gran ejército y sitiarían la ciudad, que había sido azotada por una epidemia de viruela acabando con casi toda la población. Al final la metrópoli del águila y la serpiente, la inmortal Tenochtitlan, sería tomada, literalmente, a sangre fuego el 13 de agosto de 1521.

Consumada la conquista, Alvarado fijó su morada en Coyoacán, en la actual casa que lleva aún su nombre, pero su espíritu inquieto y ávido de riquezas lo llevó hasta Centroamérica para procurar la “pacificación” de Honduras, El Salvador y Guatemala, siendo nombrado gobernador, capitán general y adelantado de esta última. En Ecuador no corrió con igual suerte y fue despachado por Diego de Almagro, quien había llegado a sentar sus reales en el antiguo Reino de Quito.

Aburrido de su inactividad, preparaba una expedición a las llamadas Islas de la Especiería (Molucas), pero el virrey Antonio de Mendoza le encargó antes la pacificación de los indios caxcanes y chichimecas de la provincia de Nueva Vizcaya, en el occidente de México.

Fue en Nochistlán (sur de Zacatecas), cerca del llamado cerro Mixtón (Del Gato), donde Alvarado encontraría la muerte. Fue el 4 de julio de 1541 cuando, en el fragor de una batalla contra indios huachichiles, el caballo desbocado de un soldado español lo arrolló y cayó sobre él, matándolo del golpe.

Su cuerpo fue llevado a Tiripetío, Michoacán, y en 1568 fue trasladado por su viuda a la iglesia de San José, en Guatemala.

Modificado por última vez en Martes, 18 Julio 2017 17:14