Rumores Blasfemos

Michel se cepilla los dientes lentamente, quiere evitar el momento de ir a dormir, su madre le pide que vaya a descansar porque ya es tarde; ella, tiene días que lo ve distraído, demacrado y triste, piensa que tal vez no está comiendo bien, que quizá en la escuela algún niño lo molesta. Mientras tanto, los veloces pies del pequeño corren presurosos hasta su cama, se recuesta y cobija hasta la cara.

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Apaga la luz dando pie a la obscuridad. Silencio en aquél estrecho departamento. Michel bajo las colchas comienza a sudar y escucha el preámbulo de una pesadilla. Sonidos de pisadas en el techo, risas estrujantes, cadenas, lenguajes extraños, los entes del mal se acercan, él llora, aprieta los dientes, se estremece y lejos de poder gritar se ahoga en gemidos. Cada noche los demonios vienen a robarle el sueño, la tranquilidad y la vida.

Se alimentan de su inocencia, lo laceran con sus garras, aspiran su aliento de existencia y noche tras noche es lo mismo. Las bestias saben que la próxima ocasión será la última, el desenlace para el infante. Ellos, durante el día, lo atormentan incluso, por medio de la mente, volviéndolo introvertido, ermitaño, retraído; sus compañeros de clase lo miran con recelo. Y nadie hace algo por él.

Ese día que olía a decadencia y soledad, Michel se fue casi sonámbulo al colegio, asimismo regresó al departamento. Su mamá en los afanes de la vida poco se percató de que el niño estaba con semblante ensombrecido. Llegó la hora de la verdad, él sabía lo que le esperaba esa noche, pero fuerzas pocas tenía, no expresaba su dolor ni sufrimiento, no podía creer en tales cosas, mientras tanto en los cielos, lágrimas se derramaban por él.

Cayó la noche y el niño resignado se tendió inerte en la cama, no se tapó, esperaba aterrado los sonidos del final. No tardaron en escucharse, este ataque fue despiadado, creaturas aberrantes se ceñían de su cuerpo, lo mordían, lo herían. En un clamor desesperado Michel gritó livianamente: ¡Ayúdenme!

Las huestes celestiales sólo necesitaban de esa fe y de esa petición para actuar, armados con arcos, flechas y espadas, bajaron del cielo para librar una batalla estremecedora contra los principados de la maldad. Pérdidas hubo en ambos bandos, más prevalecieron los seres de luz que exterminaron a cada transgresor.

El pequeño no cabía de asombro al ver la lucha y agradeció el que acudieran en su ayuda, más ellos le dijeron que había un creador de todo lo visible e invisible y que sólo él puede ser glorificado. Michel fue sanando de sus heridas y su corazón.

Todavía hoy los demonios se pasean por el cuarto del infante, queriendo dañarlo y se despierta sobresaltado, más a su lado siempre hay un guardián que le afirma: Nada pueden ya hacerte, estás bajo nuestra cobertura, todo lo que pueden proferir ahora, son sólo rumores blasfemos.

Modificado por última vez en Jueves, 13 Febrero 2014 14:08